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PAISAJE CON FISURAS by Julian Vidal El sistema tiene rendijas... Intentar reflexionar acerca de los discursos que pueden surgir, a partir de la recepción de algunas exposiciones que nos dan a conocer al menos una parte de la expandida producción artística contemporánea, y específicamente de aquella que muestra una relación con la naturaleza como elemento característico, se ha vuelto progresivamente incierto a medida que la hibridación de las técnicas, la utilización de sonido o imagen en movimiento, el mestizaje de ideas llegadas como material de aluvión desde todos los campos de la cultura, o la documentación de eventos próximos a la performance o a la escenificación han ido ganando terreno en las prácticas mayoritarias de la producción artística. Habría por tanto que encontrar una mínima definición de paisaje en el mundo del arte, para poder saber de lo que estamos hablando cuando se incluyen o seleccionan las obras bajo el epígrafe de paisaje para formar parte de una exposición, algo así como identificar unos modos de hacer en los que aún siendo difícil mantener la dualidad naturaleza/cultura, al menos buscar aquellas relaciones en las que el vínculo de experiencia con la naturaleza aflore como elemento central para la recepción de la obra, aún cuando la naturaleza como elemento netamente diferenciado de la cultura haya dejado de existir como un concepto ajeno a la intervención de la mano del hombre. Esa experiencia condensada en el proceso de creación, sería lo que el espectador recibe volcado a la obra como una duplicación, una transducción que intenta mostrar aquello que ha sido integrado en la experiencia de quien ha vivido el esfuerzo por sobreponerse a un territorio que le domina y ha conseguido salir airoso, aunque en tal experiencia no haya otra cosa que la emoción de haber superado su propia capacidad de esfuerzo. Los artistas contemporáneos que se han centrado en el diálogo directo con el paisaje, como un género artístico identificado con la representación de la naturaleza más o menos intervenida por el hombre, y han optado por cartografiar una reinvención de la memoria personal para activar una memoria múltiple, nos sitúan en la herencia cultural no sólo del paisaje, sino en la estela de toda otra serie de conceptos que el siglo XIX ha diseminado hasta llegar a nuestros días, de los que significativamente aquella noción del tiempo presente en el paisaje romántico- como condensación de un flujo lineal y uniforme, ha sido cuestionada fundamentalmente allí donde se ha dado entrada a la subjetividad de la experiencia, como un elemento que implica la existencia de la acumulación y la disipación como dos procesos dinámicos contrapuestos entre sí, donde el paisaje se interpreta como una cartografía de acumulación personal para orientarse en el mundo, y para conocer de la experiencia propia a través de aquello que de la naturaleza tomamos modificado por la presencia histórica de la civilización. Unido a esa pulsión acumuladora, se percibe también la tensión entrópica de los procesos vitales, y el paisaje que percibimos pasa a estar inserto en ese proceso agonístico, que conforme la industria cultural del capitalismo tardío agudiza el funcionamiento de los mecanismos de rentabilidad, se nos evidencia progresivamente amenazado por la catástrofe y la inmediatez de la muerte térmica. Para detener el proceso en el que esa flecha del tiempo parece conducirnos al Armagedon, se requiere entonces un reemplazamiento de lo temporal, una reedición de los procesos subjetivos capaces de hacer frente al poder omnímodo que hemos depositado en las instituciones sociales, y una diseminación horizontal del conocimiento y la experiencia que interrumpan o alteren el funcionalismo maquínico de numerosas estructuras sociales automatizadas y dedicadas a instrumentalizar todo conocimiento con la finalidad primordial de su propia supervivencia. La aceptación de ese proceso entrópico, tan presente en la pulsión vertiginosa de los acontecimientos que se nos devuelve desconectada de los procesos sociales a través de los medios de comunicación, aparece inscrita en un deseo de reinterpretación personal de las cartografías disponibles, oscilando entre la celebración de una apariencia que nos libera de nuestros compromisos en los procesos sociales y tiende a construir paisajes que nos alejan de la experiencia real ofreciéndonos el sucedáneo de la participación en forma de distanciamiento y consumo, y otra tendencia que basa su actuación en la preocupación por atrapar una experiencia de conexión directa con la naturaleza, que reclama la tarea laberíntica del excurso y la excavación del pensamiento, intentando proporcionarnos una conexión que nos desplace a la experiencia real y nos mueva a la reflexión y al compromiso participativo. A su vez, sobreponiéndose o infiltrándose en ambos procedimientos, sobreviene una posibilidad de trabajo que soporta una relación con el archivo como elemento paradigmático de ordenación del conocimiento en la estructura del poder. La producción artística oscila entonces entre la planificación del registro y la subsiguiente inclusión en el orden de la acumulación cultural, y la parasitación de los mecanismos institucionales que incluyen la sobreproducción de artefactos dispuestos a modo de alimento inútil para el archivo, o que en determinados momentos puedan funcionar a modo de víricas infecciones como táctica de recombinación hacia la diseminación horizontal de experiencias. La libertad para disfrutar de la fantasía creativa, como respuesta fácil para evitar el esfuerzo generado por las décadas de exploración conceptual de la teoría, unido al desarrollo de las tecnologías del video y la imagen digital que permitieron su popularización, han generado una producción donde las nuevas técnicas digitales permiten alterar la apariencia de cualquier paisaje y manipular el aspecto del entorno alterando sutilmente el mundo a su alrededor, estetizando culturalmente el paisaje en una suerte de pictorialismo posmoderno que celebra las posibilidades de la técnica como creación de una realidad simulacral. Asimilando la dificultad del esfuerzo y el riesgo que supone enfrentarse a los elementos indómitos de la naturaleza, tanto como a la ingrata tarea de amamantar una teoría, una parte de la producción artística contemporánea opta por ofrecer al espectador productos de una belleza acabada, donde la fotografía, el video o la imagen digital permiten cumplir perfectamente con las expectativas de la demanda consumista, en la que se inserta una producción que recupera buena parte de la idealización del paisaje desde el romanticismo, filtrado por relecturas de la experiencia fotográfica a lo largo del siglo pasado, en sintonía con buena parte del sistema institucional del arte, en cuyos circuitos la producción videográfica cubre varias de las expectativas que la gestión mediática demanda - fácil manejo, bajo coste de producción, transporte y préstamo sencillos y alto poder de entretenimiento para grandes masas de espectadores-. El paisaje que recupera la idealización cultural del pictorialismo, las revisiones de la evolución fotográfica que condujeron a la abstracción, la ensoñación ambientada por el poder de la tecnología digital, se vuelve así espectáculo exótico y mercancía adecuada para su circulación como sucedáneo de consumo en parques temáticos de la cultura.
Entre las obras que han explorado el pasado, como una forma de revisión de los acontecimientos históricos, o intentando prescribir una terapéutica social para saturar las heridas de un pasado haciendo aflorar un paisaje calcinado como expurgo de una memoria reciente de difícil asimilación, parecen tener muy presente la inexorable inclusión de obras e individuos en un índex codificado por las necesidades de eficacia y utilidad en el sistema de normalización, cuyo éxito radica en la positividad racionalista de sus mecanismos. La posibilidad que se reclama entonces como resistencia a la jerarquización o como modo de supervivencia, es la mimetización de los discursos y la transparencia de los procesos, donde el solapamiento de los elementos en el índex por sobresaturación del archivo, puede activarse como resistencia a los procedimientos de recodificación simplificadores y derivarse hacia la funcionalidad de un depósito de intercambios no jerarquizados. Y sea rescatando del archivo materiales que han codificado nuestra presencia en el mundo imponiendo las estructuras que nos someten, o sometiendo al pasado a una apropiación irónica que nos libera de la carga de los símbolos, volver a nombrar los lugares de la infamia como hace Anselm Kiefer en muchos de sus paisajes calcinados, devienen modos de introducir una parálisis del tiempo, una suspensión del acontecer que desestabiliza el orden de significación fundamentalista. Acaso el proceso de anormalización llevada a cabo en la sociedad decimonónica, sometiendo a los individuos a la totalizadora vigilancia panóptica, haya derivado en una pulsión archivadora que en el proceso de aculturación globalizador alcanza un desplazamiento desde la Historia hacia la Naturaleza, hasta agotar la totalidad de los yacimientos geográficos terrestres, en una pulsión cultural que deviene sometimiento al índex cualquier cartografía topográfica. El ojo panóptico de los medios de comunicación del que acaso la cámara fotográfica como instrumento de la fotografía de paisaje no logre eludir en ningún caso su función de registro y archivo- nos devuelve una inestabilidad acéfala en la que la dictadura ocularcentrista hegemoniza las relaciones del hombre con la Naturaleza, condicionando o direccionando nuestras acciones hacia el consumo de sucedáneos culturales, del que ha desparecido la experiencia del tiempo, la furia de los elementos atmosféricos y la consciencia de la finitud del tiempo humano frente a la plenitud cósmica del dominio telúrico. # # # # # Julián Vidal vive y trabaja en Madrid. En la actualidad cursa estudios de Historia y Teoría del Arte en la UAM, donde ha participado en el Taller de Crítica impartido por el profesor, crítico y curator Fernando Castro Florez, de cuyos encargos pueden encontrarse textos en http://www.criticarte.tk y en http://www.teleskop.es |
Spring 2005 Las prácticas artísticas del arte contemporáneo que han explorado el paisaje como ejercicio de recontextualización del territorio, sin someterse a la banalización mediática, parecen ejercer un combate de resistencia a la pulsión clasificatoria y niveladora que el archivo lleva a cabo descodificando sus significados, que una vez idexados quedan ocultos a la experiencia colectiva o convertidos en sucedáneos para el consumo masivo, cuando no en detritus dominados por la voracidad acumulativa de los mecanismos de asimilación capitalista, en la que nada queda sin incluirse en un registro que va desde la apropiación de los códigos genéticos de los organismos de la naturaleza acumulados por la multinacional Monsanto, hasta la lectura y archivo policial de la identificación a través del iris de los viajeros aeroportuarios. Esta pulsión fagocitadora del archivo, aspira a abarcar la totalidad de la memoria, que presupone la existencia de un lugar y de un orden codificado desde los cuales organizar lo real, y a cuya ley se acoge para categorizar su autoridad y fundamentación, actúa replicando un código territorializador desplegado en las instituciones del poder, que asigna la posesión del territorio una vez cartografiado sin atenerse al deseo ni a la presencia del individuo vivo, y pone en uso restringido los mapas correspondientes que han de conocerse para transitar por una geografía oculta a la experiencia. En su pulsión acaparadora genera sin embargo una saturación de información y favorece la hegemonía de una memoria única, que tiende a excluir por competitividad aquella memoria personal capaz de organizar un corpus de experiencia, a través del cual orientamos nuestro futuro y nos ayuda a organizar un andamiaje que sirve de esqueleto a nuestras vivencias. Para resistir a esa acción territorializadora que afecta simultáneamente al espacio y al tiempo, que otorga al pasado poder sobre el presente y al presente un código de futuro que congela un tiempo histórico y una condición humana, la creación artística contemporánea ha articulado recursos que van desde la doble intervención personalizada y apropiación del paisaje puesta en práctica por la cámara subjetiva de Robert Smithson & Nancy Holt en Ciénaga, o la recodificación de los fragmentos de un mapa hasta reorganizar un paisaje personal en la película Spiral Jetty, donde Robert Smithson abordaba un cuestionamiento del paisaje como lugar eterno, y daba entrada con la dialéctica del site-nonsite a elementos dispares de la memoria o del paisaje que quedan atrapados a través de la acción humana de la filmación. Un cuestionamiento del concepto decimonónico del tiempo, que ha hibridado con otras experiencias afanadas en mostrar el instante sublime que produce el acontecimiento o empujar los límites físicos de la obra hacia un cosmos infinito, que encontramos en obras del británico Steve McQueen, sometiendo al espectador a la tensión experiencial que nos acerca a la realidad de un paisaje clausurado, subterráneo y letal donde la brutalidad del sonido de Just above my head alarga el tiempo hasta el infinito, en la espera de la liberación cuando el viaje termina con el retorno desde las profundidades de la mina. Espacio y tiempo quedan fuera de una articulación lineal, y cuando se hace desaparecer la figura humana y todo aquello que podría datar el paisaje que presenciamos, lo que se pone de manifiesto es la atemporalidad de unas ruinas que lejos de evocar el pasado de una existencia mítica, nos sitúan como en las fotografías de Gabriel Basilisco que muestran los devastadores efectos de la guerra civil sobre la ciudad de Beirut, en un paisaje desolado, deshumanizado, fantasmagórico, catastrófico y mortal, que no mueve a la melancolía sino al desengaño, impulsando a la reflexión sobre el sentido del vacío que atenaza al ser humano cuando es sometido a la irracionalidad política de la guerra. Al explorar las relaciones del paisaje mediático que se genera a medida que la experiencia con la naturaleza ha devenido puro acontecer cultural, encontramos otros modos de interrelación del arte con el archivo, entre los que la reutilización de materiales que el archivo digiere, da lugar a obras como On translation de Antoni Muntadas, donde la fricción se evidencia al deconstruir la identidad de los procesos de aceptación o colaboración insertos en los mecanismos de hegemonización cultural, una transducción de imágenes de lo que pasa en el mundo contemporáneo que reflexiona sobre la ecología de los medios de comunicación. Una labor que se disemina hacia las posibilidades de actuación sobre la red informática -que sirve también como soporte o medio para llevar a cabo alteraciones en el paisaje, como resistencia al dominio de la información multinacional- con acciones que reduplican las transformaciones culturales del territorio, para interactuar desde un paisaje mediático en los soportes físicos que la industria utiliza para intervenir en el paisaje corporativo del capitalismo global. Jill Sharpe en la video-performance Culture Jam: Hijacking Commercial Culture, documenta la actuación del Billboard Liberation Front en San Francisco, que llevan más de veinte años modificando vallas publicitarias de grandes compañías, transformando así un paisaje en el que a la ya tradicional modificación física debida a las acciones humanas, se une ahora la recodificación cybernética a través de la tecnología electrónica que conecta las vallas con los servidores informáticos en tiempo real. Fotografía, video, DVD, película de 16mm o la red informática, sirven de soporte técnico con mayor frecuencia que la pintura, a obras que tratan de hacer aflorar una recodificación del paisaje en términos de apropiación y manipulación, donde el individuo no está en el paisaje sino que es éste el que ha sido reapropiado hacia la subjetividad y devuelto en forma de cultura, para participar en mecanismos de la memoria personal sin un tiempo ni un lugar concretos. Una producción mestiza, oscilante entre la estetización de paisajes reales convertidos en meras ficciones, y el reconocimiento de la precariedad de la acción en un devenir entrópico que la somete a una caducidad inevitable, capaz de mediar ante el espectador para permitir visualizar informaciones paralizadas en el tiempo, generar contracciones para apreciar las huellas que se han depositado como cicatrices acumuladoras de significados que marcan la identidad de un lugar, o reclamar simplemente la posibilidad del disfrute contemplativo como posibilidad de evasión ante la insatisfacción que produce la cancelación de algunas de las promesas de la modernidad. Sin posibilidad de jerarquización que nos reacomode el paisaje en el ámbito de la teoría del arte, resulta inabarcable pretender una interpretación generalizada de una producción artística, que genera un espacio laberíntico y babélico, en un dominio pulsátil acronológico e inasible a la jerarquización. Una deriva que informa del recorrido tramado en un resquebrajamiento del tiempo histórico, capaz de negar el sentido evolutivo en el que la cultura y la intervención humana parecen haber clausurado cualquier exploración de las relaciones del hombre y la naturaleza, en una época donde si la velocidad que los medios de comunicación nos presentan de los acontecimientos del mundo, incita a una contemplación compulsiva incapaz de retener el pasado como memoria performativa y no hay tiempo para imaginar el futuro, lo que nos queda es tan sólo una serie de presentes sucesivos, un camino perpetuamente inservible y continuamente en formación por el que hemos de movernos sin una cartografía previa, buscando acaso una lectura minuciosa de cada obra a fin de intentar extraer sensaciones personalizadas. Una recepción acaso en relación con la posibilidad de articular una funcionalidad horizontal del archivo, como un modo de reutilización de estructuras sociales que han mutado su funcionalidad, o que en el perfeccionamiento de sus mecanismos tienden a incluir todo conocimiento útil en una estructura jerarquizadora y totalitaria, que vehiculiza el conocimiento hacia los intereses del poder en aras de la normalización acultural. Acaso en la producción artística contemporánea, el paisaje que no se somete a la facilidad de reproducción robotizada, sea un modo en proceso que va siendo construido a medida que los procedimientos ponen en evidencia las relaciones de los individuos con su entorno, como una cartografía emocional construida a la medida del desarrollo de la capacidad humana para imaginar el mundo, con la que hacer más llevadera la tarea de asimilar que el flujo continuo de imágenes mediáticas, ha desarticulado los paradigmas tranquilizadores que nos conducían desde un tiempo histórico a su superación en una escala lineal del tiempo. Un mundo en el que la alteración de las coordenadas espacio-temporales que ordenaban la experiencia de la realidad y el devenir histórico, ha derivado hacia la fragmentación del tiempo en una serie de presentes perpetuos, que desarticulan las continuidades temporales disgregándolas en una experiencia de significantes materiales aislados, en una sincronicidad de registros, en un torbellino al que la experiencia perceptiva ha de hacer frente si es que quiere evitar ser fagocitada en una pulsión de muerte hacia el índice del archivo, hacia un mecanismo de ocultación y resignificación que se recodifica a sí mismo adaptado a la funcionalidad del poder. Un mecanismo, en el que habría que aceptar que hemos sido incluidos como meros dígitos del índex clasificador, aún a costa de ignorar la posible voluntad o direccionalidad propia, y al que atacar únicamente con adjetivos como resistencia o agresión no sería otra cosa que un ataque a la integridad de nuestra propia existencia como partes de un organismo enfermo. El interés se desplaza entonces hacia mecanismos mutantes, donde sean posibles apropiaciones capaces de torcer los mecanismos desde el cuerpo mismo de la institución, donde volver la vista hacia el pasado rastreando continuamente las huellas de una naturaleza prístina, reorganizar los escenarios de un presente tecnológico del que sospechamos apadrinador de la catástrofe y la violencia global en la que estamos inmersos, o introducir la deriva y la subjetividad no sean otra cosa que adaptar los códigos de lectura al tamaño de microrrelatos capaces de circular transversalmente por entre las fisuras de los metarrelatos históricos que aún caducados seguimos utilizando. |
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